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viernes, 22 de mayo de 2015

Los corrales de comedias

Del mismo modo que en la Inglaterra de la época isabelina había hecho su brillante aparición un gran teatro de significación nacional, en la España del llamado Siglo de Oro surgió un arte dramático de poderosas y específicas características. Pero, en esta etapa histórica tan decisiva para el teatro universal, y en la que brotaron unos poetas dramáticos tan numerosos como importantes (desde Juan de Encina hasta Calderón) los lugares en que se representaban las obras de éstos (como ocurrió también en Inglaterra con las de Shakespeare y sus contemporáneos) eran construcciones rudimentarias, de una simplicidad casi siempre muy relacionada con la pobreza.

La evolución  del «lugar teatral» en la España de los siglos XVI y XVII, se puede dividir en dos etapas. La primera es, como en otros países, la de las carretas trashumantes, la de los cómicos de la legua, especie de juglares con mucho carácter de la Edad Media todavía, y la segunda etapa es la del auge de los corrales, patios de vecindad habilitados para las representaciones.

Los cómicos de la legua viajaban y actuaban en grupos, más o menos numerosos, que recorrían los villorrios, las ciudades y las aldeas, en un continuo desplazamiento. Estos grupos recibían diversas denominaciones, según el número de sus componentes y el género que con más frecuencia representaban. Aparte del llamado bululú, compuesto por un solo juglar, que representaba todos los papeles cambiando la entonación de la voz y con expresiva mímica, los principales grupos teatrales eran: el ñaque, constituido por dos actores; la gangarilla, con tres o cuatro actores y un muchacho que hacía de dama; el cambaleo, con cinco hombres y una mujer que cantaba; la garnacha, con cinco o seis hombres, una mujer que hacía de primera dama y un muchacho que hacía de segunda dama; la bojiganga, con pocos componentes, que representaba autos y comedias en los pueblos pequeños, y la farándula, con siete o más varones y tres mujeres. Poco a poco, algunos de estos grupos se fueron haciendo sedentarios, se adscribieron a determinadas ciudades y corrales y recibieron el nombre, ya moderno, de compañías. Una compañía normal estaba integrada por dieciséis actores, más catorce comediantes suplentes o supernumerarios.

Como nos testimonia el Catálogo Real de España, eran muy numerosas las compañías que, durante los siglos XVI y XVII, andaban errantes por la península en sus humildes carretas. Representaban obras de Juan del Encina, Gil Vicente, Lucas Fernández, Lope de Rueda, Juan de la Cueva, etc. Y era tanto su éxito, que el propio Nebrija nos habla del placer que le producía escuchar los versos en boca de los actores; un placer mucho mayor que el de su lectura. Las gentes más rudas y primarias, los campesinos analfabetos y los villanos menos letrados acudían con igual entusiasmo que los ciudadanos cultos a las esporádicas funciones teatrales de calles y plazuelas, lugares y villas.

Este éxito general de las representaciones públicas fue sin duda una de las principales causas que condujeron a la creación o improvisación de locales estables y más adecuados para hacerlas. Pronto proliferaron estos locales por España. Ya en 1526 existía en Valencia un teatro permanente: el Corral de la Olivera o Vallcubert, cuyas ganancias se destinaban al mantenimiento del hospital. Estaba emplazado en un barrio de lenocinios y de tabernas, y se componía de un corral provisto de un burdo tablado y con una barraca contigua. Este edificio fue conocido por la “Casa de les representacions i farses”. La entrada valía 4 dineros para estar de pie y 7 para estar sentado.

Primitivo corral de comedias de Alcalá de Henares 
Barcelona tuvo su primer corral de comedias en las Ramblas, en el solar que ocupara el Principal Palacio, y donde ya se representaba en 1581. Valladolid contaba, con el Corral de la Puerta de San Esteban (1575). En Toledo se abrió el Mesón de la Fruta en 1576, y en el Coso de Zaragoza se levantó un teatrillo en 1589. El corral de Granada estaba situado en el Mesón del Carbón, o Casa del Carbón (1583), y el de Córdoba en la Cárcel Vieja (1587). En cuanto a Madrid, los seis primeros corrales de comedias inaugurados fueron los siguientes: dos en la calle del Príncipe (probablemente en 1562 .y 1563); el de la Pacheca (1574), el de la Cruz (1579), el de la calle del Lobo, llamado de la Puente (1566) y el de la calle del Sol (1565).

Los autos comenzaban hacia las cinco de la tarde e iban precedidos a veces de una loa o entremés. Se sabe que en las bodas de la infanta María con el archiduque Maximiliano, celebradas en Valladolid, se representaron comedias, entre ellas, tal vez, una de Ariosto. La vida errante de Carlos I privó de carácter permanente a la corte y ello fue sensible para el arte teatral.
No sólo se representaban en teatros obras profanas, sino también en iglesias y conventos. Los grandes señores instalaron escenarios en los salones de sus palacios y mansiones. Para hacer frente a la hostilidad de los severos teólogos cundió la idea de representar vidas de santos, continuando igualmente la costumbre de destinar los beneficios a fines piadosos.
Las obras de Lope de Vega, este prodigioso autor de 1.800 comedias y 400 autos sacramentales, dieron considerable preponderancia al teatro español, el cual llegó a su apogeo literario a fines del siglo.

Puede afirmarse que la primera representación en Madrid “en un corral” la dio el aplaudido comediante Alonso Velázquez el miércoles 5 de mayo de 1568.  Después de Madrid, fue Sevilla, la ciudad más rica de España durante el siglo XVI, la que tuvo mayor afición a las representaciones teatrales, pudiéndose vanagloriar de sus numerosos corrales. El más antiguo de éstos fue el llamado de las Atarazanas, y en el que se representaron, entre 1579 y 1581, dos come días de Juan de la Cueva: “La libertad de España por Bernardo del Carpió” y La “Libertad de Roma por Mucius Escévola”. Fueron protagonistas de ellas Pedro de Saldaña y Alonso de Capilla, respectivamente. Otro de los corrales sevillanos fue el de San Pedro, mencionado por Rodrigo Caro en sus Antigüedades de Sevilla, y situado en el collado de San.

Las representaciones de estos corrales se desarrollaban del modo siguiente: primero, el guitarrista de la compañía, con vihuela en mano, tocaba unos aires populares. Inmediatamente le sucedía el canto —una o dos voces—, acompañado de varios instrumentos, cuyos tocadores se colocaban “a medio círculo” sobre el tablado. Los cantantes quedaban “detrás de la cortina”, A continuación, la loa, indispensable introducción de toda obra teatral, recitada por el director de la compañía. Después, la comedia, en cuyos entreactos “o descansos” había entremeses o bailes con castañuelas.
Los corrales eran patios que daban a las casas vecinas. Las ventanas de estos edificios contiguos, provistas ordinariamente de rejas y celosías según costumbre española. hacían las veces de palcos, pues su número se aumentó mucho, comparado con el que hubo al principio. Las del último piso se llamaban desvanes, y las inferiores inmediatas aposentos, nombre en verdad genérico que a veces se aplicó también a las primeras. Estas ventanas, como los edificios de que formaban parte, eran propiedad de distintos dueños, y cuando no las alquilaban las cofradías quedaban a disposición de aquéllos, aunque con la obligación anual de pagar cierta suma para disfrutar del espectáculo. Algunos de los edificios contiguos, y por lo común la mayor parte, pertenecían a las cofradías. Debajo de los aposentos había una serie de asientos, en semicírculo, que se llamaban gradas, y delante de éstas, el patio, espacioso y descubierto, desde donde las gentes de clase ínfima veían de pie el espectáculo. Este linaje de espectadores, así a causa del tumulto que promovían por sus ruidosas demostraciones en pro o en contra de comedias y. actores, se denominaban mosqueteros, sin duda porque su alboroto se asemejaba a descargas de mosquetes. En el patio. y cerca del escenario, había filas de bancos, probablemente también al descubierto como el patio, o resguardados, a lo más, por un toldo de lona, que los cubría. Una especie de cobertizo preservaba a las gradas de la intemperie, y a él se acogían los mosqueteros en tiempo de lluvia; pero si el teatro estaba muy lleno, no quedaba otro recurso que suspender la representación.

Al principio no se pensó en destinar un local aparte para las mujeres; más tarde, esto es, un siglo después, se construyó para las de la clase más baja un departamento, sito en el fondo del corral, que se llamó la cazuela ó el corredor de las mujeres. Las damas principales ocupaban los aposentos o desvanes. Además de estas divisiones principales de los teatros españoles, debemos mencionar también algunas otras, cuya situación no se puede determinar con exactitud, a saber: las barandillas, el corredorcillo, el degolladero y los alojeros. Se daba este último nombre a un lugar en donde se vendía una especie de refresco, llamado aloja, compuesto de agua, miel y especias. Más tarde se agregó un palco, situado encima de la cazuela, destinado al Alcalde que presidía la función. En tiempos anteriores el asiento del Alcalde estaba situado en el escenario.


















viernes, 24 de mayo de 2013

Tuerto, maldito y enamorado... ¡Madre mía, está hecho un cuadro!


«Los fantasmas no existen. ¿O sí?
La experiencia nos confirma la evidencia de su naturaleza ficticia: nadie ha podido comprobar de forma convincente su pertenencia al plano de lo real.
Sin embargo, hoy apelo a la complicidad de quien lea estas páginas: no podrás entender la historia que sigue si, al menos, no crees mínimamente en su existencia. Si no es así, resultará inútil que continúes leyendo.
Yo misma, si hubiese encontrado esta advertencia al comienzo de un libro unos meses atrás, lo habría cerrado en la primera página y lo habría devuelto a la biblioteca. O se lo habría regalado a mi prima Marina, tan aficionada a las novelas de jóvenes magos y de adolescentes vampiros, cuyas peripecias me han resultado siempre tan absurdas como prescindibles.
Pero nada es igual que hace unos meses, ni yo misma lo soy ni el mundo que me rodea. Ahora sé que no es más que un decorado ficticio, bajo el cual palpita lo que no se deja ver: algo que se presiente y, a veces, se nos presenta como si los espejismos hubiesen saltado al otro lado de sus reflejos.
Así irrumpió en mi presente el espectro de un habitante del pasado, arrastrando hacia mí y en tropel a un ejército de sombras que se convirtieron en mis peores pesadillas.» (Rosa Huertas, Tuerto, maldito y enamordo, EDELVIVES)

Aquellos que hayáis empezado con la lectura de esta obra bien sabréis que así empieza esta novela narrada en 1ª persona por Elisa, la protagonista, que se ve envuelta en una aventura fantasmal cuando su querida hermana pequeña, Carmen, le pide ayuda para hacer un trabajo de Lengua y Literatura sobre Lope de Vega...
La historia es bastante sencilla, y algunos os habéis quejado de que es un tanto lenta, pero lo interesante de este libro es que, a través de su lectura, os podéis acercar de forma más amena a la figura de Lope, y quizá así  aprendáis algo más que las fechas de su vida y muerte, ¿no?
Por cierto, os dejo un enlace para que veáis cómo es la casa de Lope en la actualidad, así podréis visitarla como lo hace Elisa/Elisavé/Belisa en diversas ocasiones:

¿El Fénix de los Ingenios fue un don Juan?



Durante su vida, Lope de Vega fue un hombre harto aficionado a los amoríos, que más de una vez le trajeron dificultades. En total tuvo nada más y nada menos que 15 hijos documentados entre legítimos e ilegítimos: 
Con María de Aragón[1] (llamada Marfisa en las obras de Lope), hija de un panadero flamenco instalado en Madrid, tuvo una hija,  Manuela, al parecer la primogénita de toda su prole. Fue bautizada el 2 de enero de 1581, pero falleció el 11 de agosto de 1585. 
Elena Osorio fue su primer gran amor ("Filis" en sus versos). Lope pagaba sus favores con comedias para la compañía del padre de su amada, el empresario teatral o autor Jerónimo Velázquez. Sin embargo, en 1587 Elena aceptó, por conveniencia, entablar una relación con el noble Francisco Perrenot Granvela, sobrino de un poderoso cardenal. Lope, despechado, hizo entonces circular contra ella y su familia unos libelos: 
Una dama se vende a quien la quiera. 
En almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su padre es quien la vende, que aunque calla,
su madre la sirvió de pregonera... 
Denunció la situación en su comedia Belardo furioso y en una serie de sonetos y romances pastoriles y moriscos, lo que supuso que un dictamen judicial le enviara a la cárcel. Aun así, Lope no aprendió de sus errores, porque reincidió y la sentencia de un segundo proceso judicial fue más tajante: le desterraron ocho años de la Corte y dos del reino de Castilla, con amenaza de pena de muerte si desobedecía la sentencia.
A pesar de todo, el corazón de Lope no tardó en volverse a enamorar. Isabel de Urbina  (a quien llamó en sus versos con el anagrama "Belisa"), se convirtió en su esposa el 10 de mayo de 1588, tras haberla "raptado" de la casa paterna con su consentimiento. Con esta mujer tuvo dos hijas: Antonia (nacida probablemente en 1589, fallecida en 1594, al parecer poco antes que su madre) y Teodora (nacida en noviembre de 1594, fallecida en la infancia entre 1595 o 1596). Isabel, por su parte, muere en el parto de su segunda hija, en noviembre de 1594.
El 25 de abril de 1598, Lope contrajo segundas nupcias con Juana de Guardo, con quien se dice que se casó por conveniencia. Con ella tuvo a Jacinta (bautizada en Madrid el 26 de julio de 1599, posiblemente fallecida en la infancia pues no hay más noticias de ella); Juana (de esta hija se tuvo noticia porque en una carta escrita a un amigo fechada el 14 de agosto de 1604, Lope anunciaba que su mujer estaba por dar a luz; en su testamento de 1627, Lope nombra una hija, ya difunta)¸ Carlos Félix, (aparece que fue bautizado el 28 de marzo de 1606, por lo que se cree nació el año anterior, en 1605; falleció el 1 de junio de 1612, después de una enfermedad de varios meses); y Feliciana (nacida el 4 de agosto de 1613. La única de la descendencia legítima en sobrevivir a la infancia).
La pobre Juana de Guardo murió nueve días después de dar a luz, el 13 de agosto de 1613, a causa de sobreparto. Lope no vuelve a casarse.
A principios de marzo de 1614 recibe las órdenes menores en Madrid, y tras una estancia en Toledo  (donde se hospeda en casa de la actriz Jerónima de Burgos, con la que sostuvo un romance), y su vuelta a Madrid, recibe el último grado de su ordenación sacerdotal el 25 de mayo, en Madrid. El 29 de mayo dice su primera misa en la Iglesia del Carmen Descalzo, en esa misma ciudad.
Con la actriz Micaela de Luján (que, por cierto, estaba casada con el actor Diego Díaz, que se había ausentado al Perú, donde murió en 1603)  sostuvo una relación de cerca de quince años (posiblemente comenzada tras su segundo matrimonio, alrededor de 1599), a pesar de otros amores fugaces. Micaela fue madre de nueve hijos, cinco de los cuales, por lo menos fueron de Lope: Ángela, Mariana, Félix, Marcela, y Lope Félix, nacido el 28 de enero de 1607, y al parecer uno de sus hijos predilectos (al parecer era de naturaleza un tanto díscola, por lo que su padre le encerró, debido a su mal comportamiento, en el asilo de Nuestra Señora de los Desamparados, en 1617. Tuvo inclinaciones literarias como su padre, pero al final se volvió militar, y acabó feneciendo  en 1634 en un naufragio en la costa de Venezuela, adonde había ido en una expedición para pescar perlas). 
Marta de Nevares, (la Marcia Leonarda de las novelas, y Amarilis de las poesías y cartas de Lope), también fue una mujer muy importante en su vida. Marta nació hacia 1591 y se casó en 1604 (contra su voluntad) con un comerciante del que pronto se separa. Era aficionada a la poesía y escribía versos, cantaba, tañía y bailaba, era de buena conversación y prosa, y hasta tenía talento de actriz (representó una comedia de Lope en su casa). Sus relaciones, iniciadas alrededor de septiembre de 1616, tuvieron como fruto una hija, Antonia Clara (Clarilis), nacida el 12 de agosto de 1617.  Antonia, que fue la menor de toda su descendencia y la alegría de su vejez, se fugó del hogar paterno el 17 de agosto de 1634 con don Cristóbal Tenorio, y Lope nunca se recuperó de este golpe.
Marta de Nevares quedó ciega en 1622, pero esa no fue su única desgracias, ya que tiempo después perdió la razón. Falleció al cuidado de Lope, en su casa, el 7 de abril de 1632, con 41 años. Ésta fue la última relación significativa en la vida del Fénix de los Ingenios. 
Además de esta descendencia, Lope tuvo otros dos hijos, fruto de relaciones fugaces: Fernando de Pellicer (de madre valenciana) y Fray Luis de la Madre de Dios (de madre desconocida).

[1] Tras el término de la relación, Marfisa se casa con un flamenco en 1592 y fallece el 6 de septiembre de 1608.